REQUIEM POR UNA DEHESA DESAMPARADA
Parece que la
domesticación representa un fenómeno tan antiguo como la humanidad.
Tanto es así que bien se puede decir que se trata de una cualidad
humana. Domesticación significa textualmente “meter en casa”. La
especie humana lleva milenios metiendo en casa a los seres vivos que
le rodea, y en sentido amplio, no discrimina especies vegetales,
animales e incluso microorganismos.
El hecho de
domesticar supuso, tal como decía con entusiasmo el agrónomo
francés Xavier Florín, un acto de generosidad humana. Así, por
ejemplo, la humanidad resolvió imprimir cualidades humanas (como la
docilidad o la sociabilidad) a multitud de especies animales mientras
que esa misma humanidad asumió como suya la solución de problemas o
vicisitudes propias de dichos animales, como simplificar el acceso a
alimentos en épocas de penuria o facilitar la crianza de sus
retoños. Saint-Exupéry puso en boca del zorro esa necesidad de
diálogo entre especies con un sentido “¡Domestícame!” que
enterneció al Principito.
Hombres y animales
en comunicación. Una realidad indiscutible que entenderán bien
quienes convivan con otras especies.
Debemos defender
ese trato sutil, sublime y puramente humanista con otras especies. La
lengua francesa nos ilumina cuando para describir los animales
domésticos que aquí llamamos “Ganado” ella utiliza “Elevage”,
palabra que comparte origen con, “Elevar”. Es tanto como acercar
a animales y plantas a lo humano, “humanizar”.
Como digo la especie
humana lleva en interrelación ambiental, como no podía ser de otro
modo, toda su existencia. La domesticación nos es más evidente con
el reino animal por compartir con éste más cercanía genética.
Pero es justo recordar como domesticaciones otras realidades que
suelen pasar desapercibidas, como la de las levaduras del pan y
cerveza, vino y queso, yogures y kéfires, cultivos de hongos...Pero
es en el mundo vegetal en el que la dimensión del diálogo ha sido
extraordinaria. Cientos, seguramente, miles de especies vegetales han
sido objeto de algún tipo de domesticación, más o menos intensa.
Quizás no sea
descabellado pensar que no ha habido lugar ni especie que no haya
sentido la intervención humana con su necesidad de domesticación,
dada la intensa y continuada presencia de nuestra especie en el
continente europeo.
Así, por ejemplo,
hay especialistas que consideran que la composición y distribución
de nuestras masas forestales autóctonas no se deben exclusivamente a
condicionantes ecológicos sino que ese estado es el derivado,
precisamente, de un manejo secular con una intencionalidad nada
azarosa. Parece que éste es el caso concreto de la encina en el
suroeste ibérico. Lejos de tratarse de una especie en exclusiva
silvestre ha existido una tarea humana ancestral de selección
positiva de las bellotas más dulces. Por siembra de aquéllas a lo
largo de generaciones el paisaje debe haberse visto condicionado.
Pero toda
domesticación, como se ha visto, exige a la persona una
responsabilidad frente a lo domesticado.
Es posible que lo
que llamamos dehesa fuera en origen precisamente ese paisaje
constituido por unas encinas sembradas, elegidas, seleccionadas y
cuidadas debido a unas cualidades fruteras determinadas.
La domesticación
habitualmente reduce la rusticidad, y el proceso de “frutalización”
de la encina hizo recaer en la especie humana la responsabilidad de
proveer a estas encinas elegidas de unas condiciones más exigentes
que la de los árboles más rústicos.
Hagamos la prueba
de entender la dehesa como un cultivo de encinas.
¿Y qué es lo que
requiere un árbol cultivado frente a otro bravío? Básicamente hay
que asegurarle agua y alimento.
El manejo ancestral
de la dehesa implicaba una dinámica agroganadera hoy perdida.
Sobre la finca o
parcela se efectuaba una división de la superficie en cuarteles. En
ellos se actuaba según “año y vez” de modo que se cultivaba un
año y al siguiente no (barbecho). Entre ellos tenían destacada
importancia los cereales y las especies leguminosas, conocidas
enriquecedoras del suelo. Siempre estaba cultivada la mitad de la
finca. El cultivo exigía el estercolado y suponía unas labores de
manejo del suelo que en la práctica eliminaban el exceso de agua
(alzado en invierno), o bien retenían la existente (binado
de junio y terciado de verano). Además de este modo se
mejoraba la estructura y la fertilidad del suelo de toda la parcela.
El elemento animal,
en forma de ganado, ocupaba la mitad no cultivada mientras que la
hierba se mantenía verde (de otoño a junio), y seguidamente los
animales abandonaban la finca hacia los agostaderos (transhumancia),
de donde volvían en otoño, momento en el que ya había hierba verde
de nuevo en la finca.
¿Pero cuál es
entonces la situación actual de las dehesas? Se ha abandonado la
vocación diversa de la dehesa y su uso se ha reducido hasta
constituir una suerte de depósito de ganados. Cerdos, vacas, ovejas
o cabras que pasan todo el año en el mismo espacio, de manera que el
terreno no se recupera de la compactación provocada por el pisoteo
de los animales. No hay alzado, ni binado ni terciado, no hay
estercolado no hay por tanto ni mejora de estructura del suelo ni de
su fertilidad. Compactación, mineralización, desertificación.
Comienzan a
aparecer noticias y opiniones preocupadas, y es que las encinas se
mueren. Espanta ver fotos aéreas que en tan solo unas decenas de
años muestran la reducción a la mitad de la densidad de encinas.
Y en un perfecto
ejercicio de búsqueda del culpable nos ponemos a mirar quién ha
sido.
Y nos ponemos las
gafas de no ver lo importante. Los enemigos más terribles suelen ser
diminutos, nos dicen. Y encontramos a los presuntos malvados.
Insectos como la mariposa Lagarta, el escarabajo Longicorne,...pero
finalmente la responsabilidad máxima del desastre recae sobre un
hongo Phytophthora cinnamomi. Y,¿ahora qué?. Pues ahora a luchar
contra el hongo. Y surgen los problemas...el hongo está en todas
partes, afecta a docenas de especies vegetales, es muy difícil de
combatir...
Rudolf Steiner
sostenía que “allá donde está el problema, está la solución”.
Y yo me pregunto:
¿cuándo nos cambiaremos, de vez en cuando, las gafas de ver lo
urgente por las de ver lo importante?¿Cuándo buscaremos en nuestra
cercanía el origen de los desarreglos?
La dehesa se muere
porque las encinas se mueren, y las encinas se mueren porque lo que
hoy nos parece una dehesa ya no es una dehesa, es un campo con
encinas. Y ellas nos avisan con su muerte y nos cuentan que el manejo
que estamos haciendo es erróneo.
Como hacemos
habitualmente, podremos echar la culpa de nuestros problemas a algo
que suele estar muy lejos o ser de difícil manejo. Pero la muerte de
la dehesa es un caso más en el que miramos para otro lado, en el que
renunciamos a practicar a una visión de conjunto, y en el que no nos
reconocernos como los responsables de los desastres, en especial
cuando estos desastres son incomprensiblemente necios.
La encina fue,
quizás, el primer árbol frutal ibérico. Se le ha cuidado durante
milenios, hasta que hace unos pocos años se nos olvidó que cuando
alguien domestica algo adquiere la responsabilidad de acompañarlo y
de “elevarlo”.
La encina está
abandonada a su suerte, su pastor se ha retirado. Sin pastor el
rebaño de ovejas no tiene posibilidad de supervivencia. La dehesa
sin el amparo humano tampoco.
Las encinas se
mueren de soledad, de soledad humana. Les falta su principito. Uno
que sí las domesticó, y que les dió la espalda.
Quizás ellas lo
sepan.
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